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DE DOS A TRES CAIDAS


1. Y en esta esquina...
2. Reseña de Esquina Ruda
3. Crítica de Esquina Ruda
4. Proyecto de pintura mural sobre la lucha libre
5. Lucha Estelar
6. A dos de tres caídas sin límite de tiempo
7. Felicitación
8. Acerca de Miguel
9. Lucha Libre
10. PRIMERA CAIDA
11. SEGUNDA CAIDA
12. INTERMEDIO
13. TERCERA CAIDA
14. Y EL GANADOR ES...


Y en esta esquina...


Uno de los abanicos más extensos en tradición, fiestas, formas de esparcimiento, goces y pasiones se abre sin duda en la cultura mexicana. Si de pasiones hablamos, hay que mencionar el papel fundamental que juega la catarsis como medio para liberar las emociones.
La lucha libre ha trascendido épocas y generaciones de la misma manera que la sociedad ha sobrevivido a los cambios, lo cual tiene una posible explicación a través de la eterna confrontación entre el bien y el mal de la que voluntaria o involuntariamente todos participamos, o quizá en el desahogo y en el regocijo que se experimenta al presenciar este tipo de violencia, una de las pocas admitidas. Se vuelve menos necesaria la justificación de la lucha libre cuando reconocemos que es un juego casi ancestral, un deporte que puede conceder su origen al pueblo grecorromano; en el Coliseo Romano se presentaban las luchas cuerpo a cuerpo, una estrategia de preparación física para los guerreros y un entretenimiento exclusivo de los hombres, donde era negada la presencia a las mujeres.
Como en la tragedia griega, la lucha libre es la catarsis de las energías contenidas en hombres y mujeres de todas las edades, lo mismo lo disfrutan niños que adultos, un fenómeno que comenzó en el medio popular y que con el tiempo ha alcanzado a todos los estratos sociales. Y es que el comportamiento violento, objeto principal de la lucha libre, según lo dicho por varios estudiosos es parte de la naturaleza del ser humano, un instinto primitivo común en todo hombre y en todas las épocas, incluso en la nuestra, la ya “civilizada”. Por supuesto, esto se refiere a la violencia donde interviene la fuerza física, donde más allá del propósito de lastimar al opositor, el primer objetivo es mostrar las capacidades del cuerpo en su cualidad atlética, puesto que éste, en un grado de perfección, puede ser bien aprovechado para la exhibición de tales movimientos y artificios.
En este momento el espectáculo visual de la lucha libre se ha ajustado a la medida de la demanda de sus seguidores; muchos mexicanos han crecido con el folclor de las máscaras y de la indumentaria que convierte cada domingo a simples mortales en héroes populares. Como una tradición, los luchadores suben al ring en calidad de consagrados, de ídolos invencibles; se juegan la vida en la plataforma rodeada de todos los fanáticos que esperan el mejor encuentro de contendientes, para ver quién habrá de perder la máscara, quién habrá de dejar la cabellera.
En primera fila los niños y las mujeres, familias fanáticas dispuestas a defender desde sus lugares a sus favoritos. Rudos, técnicos, exóticos, toda la gama de personalidades para la exigencia de los gustos. A diferencia de otros tiempos, en que importaba más el peso y la masa corporal, se ven ahora los cuerpos esculturales, un deleite para la vista de muchas mujeres.
Se preparan para vivir intensamente una batalla, una prueba de fuego, donde los luchadores van a “reavivar su odio”, van a encontrarse como guerreros ante las multitudes. Una vez en el duelo, el enmascarado exhibe sus mejores acrobacias, en eso radica el esplendor de la lucha libre. Así, los comentaristas también hacen gala de su oficio, de ellos surgen las apreciaciones verbales más pulidas, apegadas a lo que sucede en escena: una caída perfecta es “un concierto aéreo”, y un luchador que destaca sobre los otros es “un hombre que domina todos los ángulos”.
El espectador sabe que lo ocurrido en la lucha libre no es del todo cierto, en el fondo sabe que es ficción; pero desea creerla, deposita su fe en ella, porque es el sentido de la dispersión, alejarse de la rutina enclavada en la realidad, ausentarse por un momento de ella y entrar en ese mundo imaginario donde lo imposible es posible, como en todo juego. En un entorno de complicidad, nadie nunca se atreve a desafiar esa realidad, nadie se detiene a juzgar si es o no verdadero; para qué hacerlo, en el juego se tiene la libertad de inconformarse y expresarse, o bien, de aplaudir ante lo que se ve, pero jamás es necesario cuestionarlo. Aunque los golpes parezcan simulados, en el secreto que se halla detrás está la seducción, y siempre será legítimo; de esa manera gusta, porque en dicha ambigüedad hay flexibilidad y posibilidades para todo y para todos.
Así, nada de lo que se vive en el coliseo es visceral, no hay culpa alguna en disfrutar de la violencia; la sensación de alivio proviene de saber que no hay dolor verdadero en la pelea, podemos gritar y animar a nuestro favorito porque suponemos que ellos mismos se recrean en la competencia con toda clase de golpes brutales y mortales, más aún con los artificios del cuerpo, que para nosotros son más que ataques, sugieren una impresión similar a la admiración que nos provoca el arte.
Los luchadores no nos dejan conocer su identidad, para ello han creado una ficticia, una que les hará honor en el triunfo y que se imprimirá en las emociones y en las voces de sus seguidores. Cuál otro objetivo buscan si no es el de la gloria, el de ser el ídolo, el inmortal. Los niños lo creen hasta los huesos, y los grandes lo convierten en leyendas. Cuando la lucha acaba, la adrenalina se prolonga en la euforia de los fanáticos que celebran, se contagia y se reaviva solo con recordar el barullo del público, los escandalosos gritos flotando en las graderías y chocando con el ring: “¡piquete de ojos!, ¡estrangulación directa!, ¡patada voladora!, ¡la quebradora!, ¡salto desde la tercera cuerda!”.
Un afán de revalorizar la lucha libre como una expresión netamente cultural ha surgido durante los últimos años en nuestro país; es un interés afín a las masas populares, quienes están en contacto directo con ella a través de la mercadotecnia, pero también existe una motivación por parte de los intelectuales, de los periodistas y los críticos, que dedican su pluma a rescatar la verdadera trascendencia de la lucha libre como deporte y como fenómeno de la cultura. Así como la barbarie de los toros, por citar un ejemplo, la lucha como espectáculo masivo forma parte de la identidad y de la personalidad social mexicana, que tiene la capacidad de reírse y cantar con las desgracias, que puede hacer con el horror una fiesta, porque conoce profundamente el sentido del humor. Es definitivamente, una necesidad de la cultura, una manifestación válida. Detrás de la moda de la lucha libre que se vive actualmente, existe un basto legado histórico, un conjunto de acontecimientos que marcan una época ininterrumpida desde el periodo mágico de los grandes, que encabezan El Santo, Blue Demon, Mil Máscaras, que además se convirtieron en legendarias estrellas de cine, presentes en la memoria de los aficionados que evocan a sus grandes héroes.
Los enmascarados, cuya potencia en gran medida están en sus nombres, se encuentran cada vez más cercanos al público, para desentrañar los mitos y misterios; suben a los shows de televisión, aparecen en programas de variedades y seguramente pronto serán vistos en telenovelas. El teatro popular que alberga a la lucha libre, donde se encienden llamaradas de emociones, es el escaparate de las pasiones del pueblo, en una caída sin límite de tiempo.

Edith Mora Ordóñez.

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Reseña de Esquina Ruda


“Esquina Ruda” es un proyecto que pretende rescatar y difundir los valores de la Lucha Libre como una de las vivas expresiones de la cultura popular mexicana. Nace a partir del interés por promover desde una perspectiva artística, esta tradición a todos los estratos sociales, especialmente al sector popular, como una muestra del derecho que todos tenemos de acceder al arte.
El autor, Miguel Valverde Castillo, realizó la presente colección con el apoyo de la beca David Alfaro Siqueiros, la cual le fue otorgada en el periodo 2005-2006 en la categoría de Artes Plásticas.
Esta exhibición se presentó en mayo del presente año en la Ciudad de México dentro de la exposición; “La experiencia”, organizada por el Centro Cultural Banamex y REMEX con motivo del primer magno evento nacional de Lucha Libre
Valverde, audaz amante del pincel que plasma los territorios de la cultura regional y recoge la voz popular, es originario de Ciudad Cuauhtémoc, Chihuahua, Licenciado en Artes Plásticas por la Universidad Autónoma de Chihuahua; ha realizado varios murales para la misma Universidad, tiene en trayectoria diversas exposiciones individuales y colectivas en las principales ciudades del Estado de Chihuahua así como en la ciudad de México y en Dithmarscher, Alemania.

Edith Mora Ordóñez.

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Crítica de Esquina Ruda


El 5 de diciembre del recién pasado 2007, en punto de las 20:30 horas, acudí a la llamada Torre Legislativa, edificio sede del Poder Legislativo del Estado de Chihuahua, en cuya sala de exposiciones ce celebraba la inauguración de la exposición pictórica del artista Miguel Valverde Castillo, por él mismo denominada ESQUINA RUDA. Como catedrático del Instituto de Bellas Artes de la Universidad Autónoma de Chihuahua, había contraído el compromiso previo de acudir a dicha ceremonia con el autor, con quién me unen cordiales lazos de complicidades en la búsqueda de emociones estéticas.
Empezaremos citando el tema escogido y motivo del título de la exhibición. Certeramente Miguel ha volcado su talento en la exploración artística de una temática muy poco tocada por los artistas plásticos: La denominada Lucha Libre, que de deporte ha devenido a ser una de las más entrañables figuras del imaginario colectivo mexicano, fenómeno de masas qué sí ha sido objeto de los artistas de la lente, extendiéndose aún más su popularidad en la gran difusión que alcanzan el cine, la televisión, la fotografía y las artes gráficas en general, pero que hasta hoy permanece casi virgen para los pintores y escultores. Desde ese punto, hay que comenzar por alabar la audacia de Miguel al escoger el tema, que, por inusual, resulta riesgoso de presentar ante un público que no está acostumbrado a verlo interpretado con colores y pinceles. El segundo, y mayor riesgo que corre el artista, es la libertad, casi absoluta de abordajes y técnicas que emplea, pues de hecho rompen con la unicidad del conjunto a exponer. Sin embargo, ambos escollos quedan librados ampliamente, el primero, porque presenta una realidad social innegable y lo hace enriqueciéndola con su visión juvenil, quizás no tan crítica como entusiasta, todavía intocada de prejuicios y amarguras; y, el segundo, porque la magnitud del tema permite la multiplicación de las visiones del mismo sin agotarlo y ofrece así, una variedad que rompe totalmente cualquier monotonía en que se hubiese podido caer por lo extenso de la exposición. Por lo anteriormente expuesto, consideramos que Miguel sale triunfante de las aventura, que como acostumbramos los profesores, que alguna vez lo fui de él y como un admirador de su quehacer, le otorgo la honrosa y bien merecida calificación de un diez.

José Pérez Delgado

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Proyecto de pintura mural sobre la lucha libre


Hace cuatro años aproximadamente se acercó a mí, en mi calidad de su ex profesor en la Licenciatura de Artes Plásticas impartida en el entonces Instituto de Bellas Artes, hoy Facultad de Artes de la Universidad Autónoma de Chihuahua, el entonces recién egresado SR. MIGUEL VALVERDE, para solicitar mi opinión sobre una serie de cuadros en qué pensaba trabajar con el tema de la Lucha Libre. La pregunta era en general sobre si a mí me parecía si la temática era correcta como para hacer una colección de cuadros que integraran una exposición, dado lo insólito de la propuesta estuve a punto de malaconsejarle pero pensándola y sopesándola bien caí en cuenta de que se trataba de una temática casi vírgen por lo poco abordada por los artistas plásticos en general y particularmente por los de nuestro entorno inmediato. La sóla combinación de dos palabras: LUCHA LIBRE, evocó en mi memoria miles de imágenes maravillosas asociadas a mis cada vez más lejanas niñez y juventud, gallardos sueños de una incipiente virilidad que despuntaba cobijada bajo la magia de los héroes del encordado. ¿Cómo olvidar las primeras experiencias del pancracio vividas en las calurosas tardes sabatinas de un verano en una arena improvisada en un estadio de béisbol? ¿O ya adolescente cuando en la penumbra de una sala cinematográfica combatí junto con El Santo a toda una horda de deslumbrantes mujeres-vampiro? Entonces me di cuenta de lo muy profundo que el fenómeno de los luchadores, enmascarados o no, enfundados en ajustados mallones, calzados con altas botas y provistos de asombrosas capas lentejueleadas, ha arraigado en el corazón mismo de la cultura popular, en la urbana directamente por el espectáculo que gozan las masas que convoca, y en la más recóndita provincia donde se añoraba la presencia “en vivo”, de los héroes a través de las modestas pantallas en las que se proyectan sus hazañas. Es pues la LUCHA LIBRE ícono viviente en el colectivo imaginario mexicano, un símbolo identificatorio de pertenencia a la cultura popular mexicana, tal vez sólo equiparable a las canciones de José Alfredo, de Juanga e incluso a los íconos más solemnes de nuestra mexicanidad como nuestros símbolos patrios o la misma Virgencita de Guadalupe. Un tema pues, hecho a la medida del arte y un rico filón de imaginería que reta a cualquier artista.
Miguel perseveró en su propósito y tiempo de por medio un día me invitó para que hiciera la presentación de la obra en cuestión, exhibición a la que tituló ESQUINA RUDA, la cual presentó en la ciudad de Chihuahua con éxito de público, de crítica y de venta. De dicha exposición se ha derivado la posibilidad de ejecutar un gran mural que celebre el LXXX aniversario de la ARENA MÉXICO, posibilidad que el artista ha acogido con gran entusiasmo por el singular reto que representa. Valverde ha tenido a bien mostrarme una maqueta previa del proyecto y me ha parecido de lo más acertada, rinde en el un gran homenaje a la LUCHA LIBRE en general y a sus actores, los míticos luchadores en particular. Sin apartarse de la línea popular del tema rehuye del fácil recurso del grafitti y traza sus figuras con maestría artística dentro de un realismo clasicista que confiere al tema la seriedad y la dignidad implícitas en una obra de arte. Me pareció un discurso de fácil e inmediata lectura aún para el más popular de los públicos pero sin desmerecer o rebajar en lo más mínimo ni la ética ni la estética del arte, digno del homenaje que se pretende rendir y del sitio en que se pretende emplazar. Ojalá tenga la fortuna de ver realizado ese megamural que estoy seguro se convertirá en un sello identificatorio de la GRAN ARENA MÉXICO.

José Pérez Delgado.
Profesor de Historia del Arte.
Facultad de Artes.
Universidad Autónoma de Chihuahua.

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Lucha Estelar


Desde su concepción original en el proyecto Esquina Ruda, impulsado por el Instituto Chihuahuense de la Cultura y el Consejo Nacional parala Cultura y las Artes, Miguel Valverde rescata y difunde el valor de la Lucha Libre como una de las expresiones vivas de la cultura popular mexicana desde una óptica artística.
El proyecto desarrollado a lo largo de los años ha mostrado diversas estampas de y en torno al pancracio: los retratos de los inmortales del ring, las batallas campales, un repertorio de llaves y máscaras, los fotógrafos, el público, la perpetua publicidad en paredes, al que se suman ahora las constelaciones de míticas reminiscencias.
Al llegar la noche al cuadrilátero, el firmamento es iluminado por las estrellas de la Lucha Libre, los personajes históricos y las grandes rivalidades protagonizan el cosmos y el caos del universo en una pléyade de guerreros enmascarados que funden lo histriónico y atlético en pos del espectáculo.

Jorge Meléndez Fernandez.

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A dos de tres caídas sin límite de tiempo


MIGUEL VALVERDE CASTILLO, artista plástico chihuahuense, Licenciado en Artes por la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma de Chihuahua, realizador de ya innumerables pinturas murales, amén de obra de caballete y escultura, ha dedicado los seis últimos años de su aún corta vida a un tema que lo apasiona: LA LUCHA LIBRE MEXICANA, tema inscrito en su memoria, como en la de muchos otros mexicanos, desde su infancia transcurrida a los pies de la majestuosa Sierra Tarahumara. Con esta temática ha expuesto ya obra dentro y fuera de las fronteras de su estado y del país, el tiempo transcurrido en su investigación y su práxis le ha permitido ahondar no sólo en las facetas plásticas de dicha disciplina y su estética, sino también en su técnica, su historia y el profundo arraigo que tiene en la cultura general de México. Hoy nos muestra con su arte no únicamente el devenir histórico del deporte del enlonado, sino sus más íntimas emociones, sentimientos y valores que hoy por hoy, son parte coyuntural del imaginario colectivo y símbolo identificatorio nacional e internacional de los mexicanos.
Sus figuraciones fuertes y dinámicas, plasmadas en un colorido vibrante, lo identifican plenamente como un artista mexicano orgulloso de su acervo cultural, pero no es sólo la fuerza y el colorido lo que lo vincula al tema, es también la poesía que este encierra el pancracio plasmada con el infinito amor de su espíritu, todavía adolescente e incorrupto, lo que le permite mostrarnos la pureza desnuda de la eterna disyuntiva humana: la lucha entre el bien y el mal, los rudos contra los técnicos… la máscara contra la cabellera. A los pies de las figuras que luchan y aplican las conocidas “Llaves” de nombres sonoros e inolvidables por ser tan nuestros, un tzompantli de coloridas máscaras nos recuerda el pasado histórico de la Lucha Libre y el de su catedral por antonomasia: LA ARENA MÉXICO, mejor foro no podía tener esta obra, pues será disfrutada por propios y extranjeros que visitan el lugar. ¿Qué mejor preámbulo para una buena función de Lucha Libre que la vista y recorrido del mural podría preparar el ánimo para disfrutar del espectáculo ceremonial que ahí se oficia?
Quiero cerrar estas breves líneas con una emocionada felicitación a la ARENA MÉXICO, cuya gloria y esplendor me cobijaron en mí ya muy lejana infancia, a sus héroes que fueron los héroes de mi niñez y adolescencia y a mi muy querido y admirado exalumno y honroso amigo Miguel.

José Pérez Delgado.
Catedrático de Historia del Arte.
Facultad de Artes de la Universidad Autónoma de Chihuahua.

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Felicitación


El próximo miércoles 11, será la develación del mural que MIGUEL VALVERDE CASTILLO, pintor orgullosamente cuauhtemense y egresado de la hoy Facultad de Artes de la UACH, pintara para el LXXX aniversario de la ARENA MÉXICO, esta obra colosal de más de 30 Mts, de largo por tres de alto, retrata el devenir histórico de ese sitio tan importante en la cultura popular mexicana y el de sus héroes, villanos y dioses de las máscaras. Estarán presentes los empresarios de la catedral del pancracio y altas personalidades del medio artístico cultural, así como del político, del deportivo y de la farándula nacional e internacional. Tan apreciada ha sido la obra de VALVERDE, que con el respaldo de las más altas instituciones de la cultura en nuestro país, se decidió que la instalación técnica del mural y su curaduría, corriera por instaladores y curadores del MUSEO NACIONAL (MUNAL) y su iluminación estuviera a cargo de iluminadores e ingenieros del MUSEO NACIONAL DE ANTROPOLOGÍA E HISTORIA, así, de ese tamaño, es el impacto que ha causado la obra en el medio. Mucho me apena, por enfermedad, no poder acompañar al maestro Valverde, quién me ha honrado haciéndome testigo y colaborador de este proyecto desde su génesis hace ya varios años. Pero lo acompañaré en espíritu y desde aquí le auguro un gran futuro pletórico de éxitos como ese y le envío mis manos, mi corazón y un gran abrazo. ¡FELICIDADES!

José Pérez Delgado.

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Acerca de Miguel


Luego del éxito tan grande obtenido con el mural que pintara para la Arena México, Miguel Valverde Castillo impartió un taller denominado Dibujo en Gran Formato a artistas plásticos en el Museo Nacional de Culturas Populares, de ahí derivaron otras ofertas de trabajo como el mural que actualmente ejecuta para la misma institución con el tema del Día de Muertos y la realización de un doble y gigantesco mural para la nueva Facultad de Medicina Campus Parral de la UACh., ocupan la agenda del artista para lo que resta del año y buena parte del 2014. Actualmente vive "a caballo" entre nuestra ciudad y la Ciudad de México, pero siento que pronto lo perderemos y se traslade en el 2014 a la capital, pero ya existen planes y ofertas de trabajo a Alemania o Japón para el 2015. Es que la Arena México resulto un foro cosmopolita pues muchísimos artistas e intelectuales extranjeros que visitan México, la tienen considerada como visita obligada dada la raigambre popular de su espectáculo. Ya Miguel vive su gran sueño. ¿Será porque aparte de ser un excelente artista es un gran promotor dueño de un inmenso carisma? Personalmente creo que es por su humildad sin falsa modestia. Él no se auto nombra artista, así lo llaman.

José Pérez Delgado.

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Lucha Libre

PRIMERA CAÍDA


I.
Hay varias maneras de entrar al estudio de un artista (previa invitación, claro está, ante la realidad innegable de que el arte es una profesión de recogimiento y secrecía para muchos). La primera es como profano, la segunda es como conocedor, y la tercera como artista. Es en esta última condición que me atreví a entrar en los dominios de un creador que destaca ya en el panorama del arte local y, paulatinamente, se abre paso en el ámbito del quehacer artístico nacional, con una obra cuyo valor intrínseco, más allá de toda consideración puramente estética, se tasa por su formidable capacidad de reflejar el ámbito social y geográfico en que ha sido concebida y ejecutada.
II.
Miguel Valverde Castillo se formó académicamente en la capital del estado del mismo nombre. Aunque posiblemente compartimos el ámbito estudiantil, vine a tratarlo muchos años después, en una de muchas reuniones en casa de un entrañable amigo mutuo. Como casi siempre ocurre ante quienes desconozco, mis primeros acercamientos hacia su persona fueron reservados, hasta una afortunada noche en la que tuvimos oportunidad de sentarnos a la mesa para compartir el pan y algunas opiniones sobre el desenvolvimiento del arte actual en Chihuahua. Acabada la cena, Miguel me confió – con una apertura y generosidad que aún me conmueve– algunas imágenes de su entonces más reciente proyecto artístico, una pintura mural de 74.42 metros cuadrados para la Arena México de la Ciudad de México. Una a una, las imágenes en cascada me atraparon y ante una andanada de preguntas sobre el proceso creativo del proyecto, Miguel me invitó a visitarlo en su estudio, para que yo pudiera apreciar su trabajo in situ.
III.
El barrio de Santo Niño en la ciudad de Chihuahua, cuya fundación puede ubicarse en 1880, según algunas fuentes de la historia local, se extiende a lo largo y ancho de poco más de un centenar de manzanas, en un entramado urbano ordenado y preciso. Sus calles son anchas, y aunque una gran parte de las viviendas que lo integran han sido remodeladas o reconstruidas, existen aún notables ejemplos de la arquitectura de adobe, vigas y anchos patios interiores que diera forma a la mayor parte de los conjuntos arquitectónicos de la ciudad, a finales del siglo XIX. En la esquina de la calle trigésimo tercera y Vicente Riva Palacio de esta colonia, se alza una enorme casona de paredes terracota y parcos ventanales, donde el artista ha ubicado su estudio y poco menos que su residencia, ya que en él pasa la mayor parte del día. Fue una tarde lluviosa en la que arribé al estudio de Miguel, dando así cumplimiento a la visita programada días atrás. Como me lo prometió, me esperaba en la finca para mostrarme una fracción del microcosmos estético que ha erigido tras los altos muros de tierra y, como toda galaxia, se expande y se contrae en cada objeto, cada libro, cada lápiz que sirve al artista como material de trabajo, documento de investigación o vínculo espiritual con su terruño de origen (pulsos menores) y con el cúmulo de influencias mediatas e inmediatas de otros creadores en su obra (pulsos mayores).
IV.
Miguel Valverde es afable, apacible y sencillo como un álamo añoso, aunque su juventud física se separe ostensiblemente de este concepto. De complexión robusta y tez clara, conserva en su mirada la inocencia y alegría de los niños. Sus maneras tienden a la gentileza, y hay en cada uno de sus movimientos pausados una invitación manifiesta a traspasar las vallas que él mismo va abriendo, cuando ha decidido que quien las franquea es digno de toda su confianza. El artista nació en Cuauhtémoc, Chihuahua en 1980, una de las ciudades más progresistas del norte del país. Los orígenes de esta población relativamente joven pueden encontrarse en el antiguo poblado de San Antonio de los Arenales, cuyos primeros habitantes oficiales fueron don Carlos Zuloaga, (hacendado descendiente del efímero ex-Presidente de la República, Don Félix María Zuloaga); y un matrimonio de emigrantes chinos, Fong-go, cantonés y Natalia Juy, de. Shangai. Fue en este territorio, asentamiento de las culturas india, menonita y mestiza, que Miguel se apropió de los elementos visuales que más tarde configurarían el imaginario de su obra. En la ciencia la generosidad intelectual es una cualidad obligatoria, en el arte se trata de una virtud, si no inexistente, tampoco común en un sector de la cultura que tiende a considerar sus logros (ínfimos o grandes; tramposa o genuinamente alcanzados), como perlas de extraña e inalienable condición. Esto, quizá, sea la característica que a primera vista sorprende más de Miguel, quien ha entendido la ventaja de compartir la experiencia alcanzada como una manera de legitimar lo adquirido con esfuerzo. Ante esta realidad suya, Miguel habla sin tapujos de ninguna índole sobre su infancia, sus afectos, sus técnicas artísticas, sus lecturas, sus creencias, su familia, los artistas que lo han marcado, sus más íntimos afectos. Un amigo llegó a comentar en alguna ocasión que estar en presencia de Miguel lo inyectaba de alegría, lo cual es perfectamente comprensible cuando se le llega a conocer en persona, y es que resulta complicado ver desaparecer la sonrisa de su rostro de adulto-niño, cuando se refiere no sólo a su trabajo, sino al de los muchos artífices que lo rodean como amigos o co-partícipes de sus proyectos pictóricos.

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SEGUNDA CAÍDA


I
El recibidor de la casa-estudio se halla en semi-penumbra, por lo que muchos de los objetos que ahí están se van revelando poco a poco bajo una luz grisácea cuyos rayos, al filtrarse por la ventana que da al patio interior, se vuelve ámbar entre las paredes de empapelado antiguo. Ordenadas en los amplios libreros que se hallan en este espacio, destacan obras de meditación, artes marciales y filosofía. Luego, atravesando el comedor, se llega a una amplia habitación en la que no hay sino los enseres necesarios para el trabajo a gran formato (algunos libros, un estante de alambrón azul, pinturas y otros materiales), y ocho enormes tablones entelados que soportan una fracción de su última obra monumental: su libre y dinámica interpretación de la historia de la lucha libre en México.
II.
Caminar por el estudio de Miguel Valverde es, además de un verdadero privilegio, un notable placer. Por doquier asaltan al que esto escribe fragmentos objetuales del quehacer artístico, porque decir pictórico es reducir groseramente la amplitud de los proyectos de Miguel, quien pinta, dibuja, esculpe, graba, talla y, cuando no hay más encargos concretos que realizar, boceta incansablemente en cualquiera de las decenas de libretas de dibujo que están a su alcance. Después de conocer la sección principal del inmueble, en el que trabaja sus proyectos murales, Miguel me ha invitado a conocer su oficina, anexa a un pequeño cuarto en el que también pueden verse reminiscencias naturalistas del ámbito que ha determinado su trabajo (troncos y ramas secas, fósiles, rocas; fragmentos ínfimos pero poderosos de una naturaleza que en todo momento pugna por camino en el trazo nervioso del lápiz o la pincelada audaz). Esta semilla; me comenta con emoción Miguel, apretando entre su mano la piña de un pino– es sumamente importante para mí. Cuando yo era un niño, mi padre me la dio diciéndome que en ella podía ver el símbolo del la creación y el desarrollo del hombre. “Ésta es apenas una semilla, hijo, pero encierra todas las potencialidades de un árbol enorme y frondoso, que cabe completo, en estado latente, en ella”. Quizá sea ésta la metáfora más bella que he escuchado de sus labios, y la que con más fuerza define la obligación del creador: brotar de la semilla a través del trabajo. De vuelta en su estudio, Miguel busca entre sus papeles el boceto original del mural que está realizando. Al final lo encuentra. Extiende ante mis ojos una larga tira de papel estraza en la que ha ordenado una multiplicidad de héroes atemporales que ya emergen, ya se proyectan, ya se enzarzan en una lucha de proporciones literalmente titánicas, tras los límites de un encordado que se alarga hasta el infinito como un pentagrama cósmico en el que los ídolos del ring se insertan como notas de una sinfonía del pancracio. Sobre la fibrosa textura del papel pardo, Valverde ha conseguido ordenar, en todas las posturas concebibles de la lucha libre, no sólo al ingente conjunto de personalidades históricas que han dado cuerpo a este deporte desde 1933, año en que don Salvador Lutteroth González inauguró la Empresa Mexicana de la Lucha Libre; sino también al conglomerado ideal y anónimo de seres que de una u otra manera han dejado su impronta en el arte de Teseo, vencedor de Minotauro. Ninguna otra encomienda de trabajo pudo haber hecho a Miguel Valverde más feliz. Aficionado a la lucha desde siempre, el artista me ha dicho una y otra vez que ha sido un placer dedicarse a un tema en el que se conjugan de manera tan admirable la metáfora de la vida como una batalla diaria, la alucinante épica de los desempeños físicos de fantasía, el colorido misterio que capas y máscaras imponen a los hacedores de llaves, el arrebato popular que descarga en aplausos o insultos la presión de penalidades y amarguras, el halo hermético, en fin, de que ha revestido a la lucha libre su tradición y raigambre eminentemente popular.
III.
Me emociona tener al alcance de la mano y el ojo tal cantidad de imágenes, apuntes y esquemas sobre una obra en proceso. En mi opinión, el verdadero conocimiento de un artista ha de cimentarse, más que en el producto final de su trabajo, esto es, de la obra terminada y expuesta; en los procesos que tienen lugar en el íntimo reducto a la creación que el estudio representa. Ahí, uno es testigo silencioso de los procesos que permiten al artista remontar ordenadamente, sobre sus materiales, el río de imágenes sin fin que pasan por la mente. Inmerso en ese caudal, La creación exige la viruta del lápiz, la mancha del acrílico contra la duela, los efluvios industriales de la imprimatura flotando en el ambiente, el papel rasgado escapando por cada resquicio de la estantería. En su taller, matriz de ensoñaciones y verdades, el trabajo de Valverde resplandece como joyas en orfebrería para quienes somos invitados especiales a esa suerte de celebración de la vida que es su labor incansable.

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INTERMEDIO


I
En México, la pintura mural tiene una raigambre secular. Desde su pasado precolombino, este país ha visto en el muro el mejor de los lienzos posibles para dejar testimonio vivo de su devenir histórico, social, político y artístico. Como lo menciona Rafael Carrillo A. en su obra sobre el muralismo en México, haciendo referencia particular al esplendor del muralismo teotihuacano, las “pinturas que exornaban los muros de los templos y palacios fueron destruidas junto con la ciudad y sólo cuando la diligencia de los arqueólogos los rescató de la hondura del subsuelo, aparecen ante nosotros los restos de aquella extraordinaria grandeza”. Tenochtitlan, Teotihuacan, Bonampak, Cacaxtla, Cholula… son sólo algunos de los toponímicos que con más frecuencia pueden citarse cuando se habla de la pintura mural prehispánica. En tales sitios, como en muchos otros del país, los encalados ancestrales de sus ciudades se visten de colores en la representación prolija de cosmogonías, ceremonias, dinastías gobernantes, juegos, acontecimientos extraordinarios o meros elementos ornamentales de tal valía que pueden incluso equipararse con algunos de los más acabados ejemplos de la pintura egipcia o prehelénica. Con la llegada de Europa al Nuevo Mundo en el siglo XVI, el muralismo continuará no sólo como parte integral de la arquitectura religiosa en templos o claustros, sino como importante vehículo evangelizador en manos de los padres religiosos, función que describe con detalle el Padre Mendieta en la obra anteriormente citada: “Algunos usaron un modo de predicar muy provechoso para los indios por ser conforme al uso que ellos tenían de tratar todas sus cosas por pintura. Y era de esta manera. Hacían pintar en un lienzo los artículos de la fe, y en otro los diez mandamientos de Dios, y en otro los siete sacramentos, y lo demás que querían de la doctrina cristiana”. Tras un largo receso en el que el muralismo dejó de existir como una manifestación de orden más complejo en lo conceptual, inclinándose hacia lo eminentemente decorativo, esta técnica pictórica hace de nuevo su arribo, en los primeros años del siglo XX, en la figura de Gerardo Murillo, el Dr. Atl. Tras él, una pléyade de artistas del pincel daría forma al nuevo movimiento muralista mexicano, heredero directo del proceso revolucionario de 1910.
II
Rivera, Siqueiros, Orozco, Chávez, O´Higgins, Zalce, O´Gorman, Belkin y por lo menos treinta y dos artistas más dieron cuerpo al muralismo en México desde la década de los veintes, hasta, podríamos decir, la actualidad, si tomamos en cuenta que a la fecha son muchos los artistas jóvenes que siguen transitando por esta tendencia con más o menos fortuna y nuevas técnicas. Hablando de los precursores, mucho se ha dicho sobre la trascendencia real que el muralismo aportó al arte en México. Por un lado está la tendencia que señala sin reparos que sin esa etapa artística la pintura en México habría navegado sin rumbo fijo entre las corrientes contemporáneas del arte; en el otro extremo pueden verse los detractores eternos que han descrito la pintura mural como un lamentable atentado demagógico contra la libertad creadora, en el sentido de haber limitado la pintura nacional a un conjunto de fórmulas folclóricas, pseudo-nacionalistas, oficialistas y discursivas, que bien poco aportaron al conocimiento y expresión real de las manifestaciones culturales genuinas de México. Sea que se tome una u otra posición en torno al debate de la valía del muralismo como manifestación estética, no puede dejarse de lado que existió, y sigue presente en los miles de metros cuadrados que en las paredes de recintos oficiales de orden civil o cultural plasmaron los llamados “Tres Grandes” (Rivera, Orozco y Siqueiros) y sus coetáneos. Cada uno de ellos, a su manera, dio forma a una expresión personal con las herramientas de uso común que en el famoso “Manifiesto del Sindicato de Obreros, Técnicos, Pintores y Escultores”, declararon ellos mismos, y que podría resumirse en la necesidad de realizar una pintura de gran formato, cercana al pueblo, y que fuera una expresión no sólo del bagaje cultural de la nación, sino de las luchas y logros del pueblo de México, entendido éste como el conglomerado de indios y mestizos de los sectores campesino o fabril. Así, cada uno también emprendió esa cruzada artística desde su particular visión: Rivera, la narrativa; Siqueiros la provocativa y Orozco la pesimista. De todos ellos, acaso sea Jorge González Camarena el que con más fuerza haya explotado las vetas del muralismo en torno a uno de los conceptos más íntimamente ligados al mismo: Monumentalidad. En la obra pictórica de Camarena, los protagonistas adquieren dimensiones grandiosas no sólo en función de su escala real sobre el muro, sino a partir del sabio uso del color como una metáfora escénica, y de la perspectiva infinita como un instrumento de proyección de las líneas de acción que definen contornos humanos y objetuales.
III
En su etapa de consagración como el más promocionado de los muralistas oficiales, Rivera consolidó un estilo que ya nunca abandonó, y lo alejó ostensiblemente de los primeros murales que pintara en México: los de la Secretaría de Educación Pública y La creación, en el anfiteatro Bolívar de la entonces Escuela Nacional Preparatoria, obras aún profundamente simbolistas y europeizantes. De los cuarentas a los cincuentas, en cambio, Rivera inscribe su estilo en una fórmula que a la postre identificará plenamente su trabajo entre el caudal de obras que por esa época se ajustaban a lo que en su conocido manifiesto José Luis Cuevas llamó –con indiscutible acierto– la “Cortina de nopal”. La primera vez que Miguel Valverde me mostró unas fotografías de su mural A dos de tres caídas sin límite de tiempo, le hice un comentario que desde su propia y dinámica visión del color y el espacio, encontraba en esa obra una continuidad admirable a la obra que Diego Rivera realizara en algunas de sus etapas artísticas más memorables. Meses más tarde, en su estudio, corroboré que consciente o inconscientemente (Valverde ha confesado en más de una ocasión su profunda admiración por (Diego Rivera), el artista había hecho suyos algunos de los más definitorios aspectos estilísticos del pintor guanajuatense: su capacidad compositiva, su sensualidad, su dibujo sintético pero profundamente expresivo, su colorido directo y contrastante, su narrativa, en fin, comprometidamente historicista.

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TERCERA CAÍDA


I
Un artista no nace, se hace en el oficio a través de los años y el intenso adiestramiento que la práctica provee a una vocación decidida. Desde este punto de vista, la obra de Miguel Valverde ha evolucionado de manera notable desde los primeros murales que realizara para la Universidad Autónoma de Chihuahua, hasta el mural-homenaje que actualmente realiza sobre la lucha libre mexicana. Ha sido, pues, sumamente grato ser testigo del paulatino dominio del dibujo y las técnicas pictóricas de uno de los poquísimos artistas dedicados de tiempo completo al oficio pictórico. Esto, indudablemente, es una de las razones por las que la obra de Miguel ha podido sortear los obstáculos que el lienzo –y en su caso el muro– impone a todo pintor que se precie de serlo.
II
A dos de tres caídas, sin límite de tiempo, es un ejercicio plástico que resume más de 150 años de la práctica de la lucha deportiva en México. A lo largo de un lienzo de más de treinta metros de extensión, Miguel Valverde hace del plano físico en que la lucha tiene lugar un mapa ideal: un ring que da cabida a una multiplicidad de seres cuya conjunción dinámica, coherente y audaz estructura una especie de Olimpo del pancracio. En primer término, y desde un punto de vista general, el universo luchístico se agrupa en torno y a partir de la figura paternal de Salvador Luttherot González, fundador de la primera gran empresa de la lucha libre mexicana. Como una deidad conciliadora, Luttherot parte en dos planos contrarios pero complementarios el ámbito compositivo. Por el lado izquierdo, la luz avasalla en todo su esplendor como entidad racional, positiva, cálida, activa y engendradora; por el otro, la oscuridad nocturna dibuja su misterio como esencia emocional, negativa, fría, pasiva y receptora. En uno y otro ámbito, las estrellas anónimas o empresariales del ring se muestran al espectador en dos niveles: Encima del encordado, volutas de energía solar o constelaciones celestiales dan a luz a los artífices del llaveo, que ejecutan en el aire martinetes, tirabuzones, nelson, crucetas y quebradoras en un muestrario que da cuenta de la variedad impresionante de estrategias que a lo largo del tiempo han florecido para vencer al oponente. Debajo de las cuerdas, el origen de la lucha libre se expone en términos antropológicos como la lucha feroz entre las etnias originarias de América y los conquistadores europeos. En este punto del mural, las fuerzas tectónicas del México antiguo parecen transmutarse en vigorosas series de llaveo, de sometimiento y vencimiento por parte de los primeros luchadores. Una a una, las máximas estrellas de la lucha libre toman su lugar dentro del mural en las etapas que siguen a la prehispanidad del deporte: el Santo, Mil Máscaras, Blue Demon, Cavernario Galindo, André el Gigante, el Rayo de Jalisco, Maravilla Enmascarada, Terror Chicano, Pantera, El Espanto y decenas de figuras más que han perdurado o pasado de largo en la historia, reivindican en la pintura su nombre y quedan eternizados para la posteridad en una o más de sus poses características. En este punto, conviene detenerse en el sustrato dibujístico del mural. Para Miguel Valverde, el bocetaje es algo más que el punto de partida de una pintura: constituye en todo momento una pieza que por su enorme calidad se sostiene como obra independiente. Díganlo si no la línea audaz que por sí sola puede representar a dos o tres cuerpos entrelazados, el cuidadoso estudio de la anatomía en movimiento de cada miembro, cada músculo, cada tendón que participa en la fiesta del cuerpo que se apodera de la lona virtual, el delicado contorno de luz que enfatiza el giro, el abrazo o la situación física de los colosos, la síntesis formal que consigue con dos o tres trazos severos, un rostro de inmejorable expresividad… En lo que se refiere al génesis del proyecto Miguel no olvida, por supuesto, que tras consolidarse como un deporte de masas la lucha se apoderó del empresariado televisivo y cinematográfico, cuya terca retransmisión de los misterios de la lona cuadrangular le aportaron siempre grandes dividendos. En este punto de su relato iconográfico, el universo mítico de seres de ultratumba, los alienígenas a go-go y los robots de cartón metalizado aparecen como un involuntario homenaje a casi treinta años que hicieron del cine mexicano una parcela fértil para la improvisación detectivesca cuyos héroes –anónimos enmascarados– se convirtieron en los equivalentes sin par del arquetipo heroico norteamericano. Toda obra pictórica exige una estructuración concisa en por lo menos tres planos: concepción (qué elementos y por qué han de aparecer en la obra); composición (como habrán de relacionarse los elementos formales en la obra) y cromatismo (qué colores y en qué sentido serán empleados para apoyar semióticamente la forma). Aunque Valverde demuestra una dominio admirable de los tres, acaso sea el tercero de estos aspectos el que a primera vista deslumbra en el mural A dos de tres caídas… Tal vez considerando que la lucha libre es algo más que un festín para la mirada, en esta obra en particular el carmín, el añil, el ámbar y los demás colores de la paleta fundamental estallan a la menor provocación en el moteado atuendo del caballero jaguar, la celeste máscara del demonio azul, la refulgente máscara del Santo… todo un agasajo a la mirada popular que no juzga en función de aciertos o desaciertos académicos, sino en virtud del genuino gusto por aquello que en su ingenuidad e inmediatez halaga a los sentidos sin más trámite.

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Y EL GANADOR ES…


En una ciudad pletórica de museos, galerías y arte público, el trabajo de Miguel Valverde pareciera uno más entre los kilómetros cuadrados de lienzos monumentales que tapizan muros institucionales o privados. ¿Es así? Una mañana, en la familiaridad que su prodigalidad campirana ha depositado en mi persona, Miguel me reveló en amena conversación el origen de su último mural. Pude así darme cuenta del verdadero sentido y trascendencia que adquiere una empresa artística cuando responde a algo más que intereses mercantiles. La lucha libre y sus protagonistas llenaron un difícil estadio de su vida, marcando su imaginario como en su momento lo hicieron el esfuerzo callado de los menonitas de su natal Ciudad Cuauhtémoc, el bravío mestizaje que conquistó el desierto y las sierras chihuahuenses, o el orgullo de las etnias indígenas del norte que se resisten a morir. Acaso sea éste el aporte fundamental de su obra al horizonte pictórico de México: en su mural A dos de tres caídas, sin límite de tiempo, Miguel Valverde nos ofrece no sólo la historia grandiosa del pancracio en nuestro país, o el sentido místico de una celebración popular que deviene en catarsis conciliadora; nos entrega una porción vital de su persona, haciendo de las propias y lejanas experiencias de la infancia la mejor excusa para encaminar las potencialidades expresivas de la pintura; y de la estructura narrativa de la pintura mural que es la mejor forma de llegar a un público que verá renacer, a lo largo de más de treinta metros de extensión, la historia de aplausos, rechiflas, vítores, caídas y encumbramientos que bosquejan al centenar de deidades de arrabal que ahí se representan y, tras su embozo de tela y plástico industrial, harán de la penuria social un encuentro imperecedero con la grandeza y la dignidad perdidas.

Armando Valles P.

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