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CRIANZA, VUELO Y RETORNO


1. La epopeya de un mural en el municipio de Belisario Domínguez
2. PRIMER ESTADIO (la tierra que invoca):
3. SEGUNDO ESTADIO (la tierra que festeja y ora):
4. TERCER ESTADIO (la tierra condenada):
5. CUARTO ESTADIO (la tierra que da):
6. Epílogo

La epopeya de un mural en el municipio de Belisario Domínguez


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En 1913, el médico y senador Belisario Domínguez fue asesinado por órdenes de Victoriano Huerta, como resultado de las duras críticas del chiapaneco contra el gobierno ilegal y prepotente de El Chacal. Cruelmente martirizado por sus verdugos, entre los que paradójicamente se encontraba un colega resentido, su nombre sirvió años más tarde para identificar a una población del estado norteño de Chihuahua.

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Aunque en este momento no conservo en la memoria las circunstancias que originaron la solicitud de un mural de Miguel Valverde para la población de Belisario Domínguez, en Chihuahua –y que por lo demás no vienen al caso en un texto que pretende ser más evocativo que historiográfico– sí recuerdo el placer que me causó ver por primera vez el cúmulo de ejercicios preparatorios, fotografías, bocetos, textos históricos, videos y cronogramas que dieron forma a un mural extraordinario en su concepción y desarrollo.

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Belisario Domínguez es una entidad de 636 kilómetros cuadrados, localizada casi en el centro del estado de Chihuahua. Su aparición oficial en los anales históricos se remonta hasta 1642, año en que el Capitán Juan de Barraza fundó el poblado de San Lorenzo, que sería más tarde cabecera del municipio. Su orografía, esencialmente plana, pierde su lisura ante la aparición de unas cuantas lomas y dos cordilleras paralelas que se levantan de norte a sur: Los Chacones o La Chaconeña y El Magistral. Mojan sus tierras unos cuantos ríos pequeños: La Paz, Copetes, San Fernando, La Hierbabuena, Los Remedios y La Colmena; así como un río mayor: el San Lorenzo.
El municipio tiene un total de 23 localidades, entre las que destacan San Lorenzo, Tutuaca y Santa María de Cuevas.

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Toda obra de arte realmente trascendente posee la graciosa virtud de sublimar la naturaleza simple y grosera de las cosas, haciendo de los objetos y las personas representaciones elevadas de sus propias limitaciones físicas. Y es que existen dos tipos de artistas, los que pretenden ver en el arte territorio exclusivo de lo que convencionalmente se considera bello, y los que son capaces de hacer un viaje artístico en sentido inverso; esto es, a partir de un modelo aparentemente sencillo o vulgar, erigir una metáfora visual de sublime belleza, en la revaloración de su esencia pura e inalterable. Esto se me reveló con una claridad sorprendente cuando el autor de la pintura mural Crianza, vuelo y retorno, me habló del génesis y desarrollo de su obra, mientras me mostraba, uno tras otro, los bocetos que darían origen de la obra, que quedó eternizada en la alcaldía de Belisario Domínguez, durante un viaje que incluyó, amén de los materiales propios de su oficio, una cámara fotográfica, un sombrero de ala ancha, pantalones vaqueros y una visión del trabajo más propia de un gambusino californiano que de un artista de estudio.

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Cuatro paredes y un techo, cinco planos, cinco espacios, cinco posibilidades de acceder a la inmensidad de lo delimitado por mil historias y una frontera. Sobre la veta marrón de la caobilla que soportará la obra, Miguel ejecuta con la soltura extraordinaria de su mano izquierda los primeros trazos del mural. Bastan tres líneas para completar un novillo que se ahoga en su angustia… doce trazos más para que el vaquero que lo ha lazado se ponga de pie sobre sus botas resecas… una centena de rasgos para que el ramaje de un árbol alcance el cielo antes de sucumbir al tiempo.
Tras la oscuridad viene la luz, y en la confluencia de ambas el volumen toma su lugar para hacer de la ilusión una realidad casi tangible. Con un pincel de cerdas suaves, el artista teje en blanco de titanio la urdimbre que dará lugar al lomerío, al accidentado cauce del río San Lorenzo, al templo del mismo nombre, a la rústica panadera, al atado de cañas de maíz para forraje, al danzante de rostro pétreo… Sobre el cielo raso, una columna de luz desciende, abriéndose paso a través de un cielo radial intensamente azul. En el centro de este vórtice, un ave de rapiña extiende sus alas en el prodigio de su vuelo extático, solitario. Desde este punto (o hacia este punto, que dada la visión esférica del tema cualquier consideración es válida) los signos de identidad del poblado toman forma en una composición perfectamente unificada, coherente, redonda.
Artista que estima y prefiere los contrastes dramáticos, Miguel Valverde no duda en combinar el rojo del ocaso con el cerúleo del mediodía en el movimiento circular del firmamento que parece expandirse al compás del hipnótico planear del ave que es cruz y desafío, meta y destino. En su parte baja, como un milagro de la transmutación matérica, la bóveda celeste se transforma en la transparente superficie de un embalse cuyos reflejos multiplican una arboleda violentada por el aire.

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¿Cómo se pinta un mural? Miguel Valverde sabe de medidas y técnicas, de proporciones y armonías cromáticas, de medios y soportes; pero la futura de una obra de arte va mucho más allá de una serie de conocimientos académicos. La visión de un artista se conforma a partir de una serie de condicionamientos mentales que a lo largo de toda una vida dejan en el creador las experiencias personales, la educación, el entorno familiar, el medio en que ha vivido, sus lecturas… Esta visión, aunada al trabajo de investigación que el artista emprende para la conformación de su imaginario, es determinante en la consecución de una obra por encargo; esto es, una obra que cumpla los requisitos discursivos y formales mínimos para su exposición, y una obra de arte; o sea, un trabajo que perdure por su propia e intrínseca naturaleza, mucho más allá de su correcta ejecución plástica. Estamos en este caso, pues, ante una pintura que resume las mejores cualidades artísticas de su creador. Nacido en el campo, Miguel Valverde ha respirado desde su infancia la cotidianidad de la vida al aire libre que permea cada uno de los elementos del mural encomendado: el trabajo, el paisaje, las fiestas, la arquitectura, la historia, se presentan ante nosotros en su complejidad socio-económica y su simplicidad campirana. Acasos sea esto lo que de manera más inmediata se hace evidente, ante la cercanía y verosimilitud que la identidad de Belisario Domínguez proyecta a quien lo admira y conoce a través del trabajo de Valverde.

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El arte se nutre también de guiños y eventos imponderables que acaban volviéndose imprescindibles. Desde el boceto preliminar hasta la firma del mural, el camino de la creación se puebla de afortunados hallazgos que habrán de nutrir la composición largamente estructurada. Una zorra capturada en el campo y acarreada hasta el lugar de trabajo en una camioneta, el grito que desde un vídeo de la Internet lanza al camarógrafo un campesino jubiloso, la serpiente violentada a pedradas por la inconsciencia infantil, todo se vuelve al final parte de la pintura, porque todo forma parte del mismo microcosmos de origen. Miguel sabe aprovechar estas oportunidades de la mejor manera, integrando sabiamente lo fortuito con lo planificado en ese círculo del lugar-tiempo que se abre a la mirada cuando uno traspasa los límites de las paredes que contienen la obra.

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PRIMER ESTADIO (la tierra que invoca):


Desde un punto indeterminado del infinito, el campo se abre como un lienzo multicolor sobre el muro, llenando los espacios de verdes, de marrones, de ocres, de azules intensos. Bajo la serranía los surcos de la tierra se vuelven manos que ofrecen al espectador el fruto de sus entrañas, maíz tierno que redibuja cada línea de las manos pródigas. Entre ellas, un grano de oro flota en el espacio como símbolo primigenio de la fertilidad. Flanquean la puerta, por uno de sus lados, un jinete airoso sobre un corcel inquieto, nervioso, violento; por el otro, un atado de cañas de maíz que se doran entre las ráfagas de aire reseco. Un dibujo prodigioso delinea cada hoja, cada espiga, cada carrizo con la concisión y la fuerza expresiva de un grabado en linóleo. La inmensidad de una tierra agreste y pródiga parece abrirse en esta pared. Por un lado, el hombre que conquista y domeña a lomos de la bestia; por el otro, el producto del esfuerzo.

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SEGUNDO ESTADIO (la tierra que festeja y ora):


Un aire agitado parece guiar al danzante. Sobre su cabeza, ribetes de colores redibujan la anatomía de un toro a punto de sucumbir a la fuerza de la soga, tras el aparejo ciclópeo que le sirve de corral. Como un vendaval apenas contenido, el bovino vibra entre los rosetones cárdenos o negros de su piel correosa. A la derecha del pascola, que blande en la diestra una sonaja de guaje y en la siniestra la cruz del martirio, la inmaculada fachada de cal del templo de San Lorenzo se levanta para rematar en una torre que sólo se consolida si se la mira por la esquina. Ilusionista de la imagen, Valverde aprovecha cada resquicio del espacio pictórico para jugar con las perspectivas ilusorias, lo que otorga un interés particular a la composición.
Bajo los pies de arcilla perfectamente modelados, las hojas secas del maíz que se desprenden del atado se transforman de pronto en pasto tierno, enmarcando de un conjunto de gavillas de avena fresca.

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TERCER ESTADIO (la tierra condenada):


Sobre el dintel de la puerta, un milagro parece hacer brotar agua que se vuelve rostros que se vuelven piedra. Es el río San Lorenzo que se abre paso entre la arenisca tallada por los vientos. No se escapa, manos de cantera la contienen como un improvisado dique, dosificándolo en mansos aguajes que circulan entre la tierra dormida.
Por la derecha, un árbol casi seco hunde sus raícen entre los peñascos como la representación del lugareño que se niega a abandonar la cuna. Todo en esta parte es silencio neutro, ocres, marrones profundos, grises abúlicos. Sólo un pequeño zorro, que adelanta la cabeza tras el árbol moribundo, posee la gracia de la vida que en su pelaje restalla como una llamarada roja.
Por la izquierda, restos vegetales de la desecación implacable se levantan como lápida para un túmulo de huesos mondos que alguna vez rumiaron.

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CUARTO ESTADIO (la tierra que da):


Desde lo alto, los surcos resplandecen con sus penachos esmeralda. En la vibración del aire húmedo, un festón de palma (fragmento de un guare indio) parece sustentar en todo su peso a la labor pródiga. Como un friso a la abundancia norteña, Miguel pinta hace aparecer los chiles secos, el frijol, los elotes, los quesos y las conservas que alimentarán al ranchero que se queda y su familia. Haciendo de jambas para el portal, una vieja que hornea pan en un rústico horno de barro y un par de rancheros que herran un novillo se levantan como símbolos del trabajo creador y cotidiano de Belisario Domínguez, así como del tiempo que como un vendaval inclemente pasa azotando sin remedio los jacalones, los árboles, la gente misma…

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Epílogo


Crianza, vuelo y retorno. El título de la pintura mural de Miguel Valverde es cíclico, y remite a la circularidad que arropa la totalidad de eventos universales, desde pequeñez del microcosmos hasta la infinitud de los espacios siderales. La vida remite a la muerte, y la muerte a la vida. La partida conduce al regreso, y el regreso a una nueva despedida. El vuelo lleva al aire, y la gravedad a la tierra. Nada escapa de esta fórmula divina, y Valverde la ensalza magistralmente en una obra que potencializa su idea esencial más allá del concepto puro, llevándolo a una composición formal sin límites. En su pintura, las líneas de paredes y techos desparecen como por arte de magia –sería más propio enunciar que lo hacen por la magia del arte– para fundirse en un único espacio unidimensional en el que cabe todo Belisario Domínguez, merced a la extraordinaria capacidad de Valverde para hacer de los rastros y rostros que se pueden hallar en un entorno geográfico determinado signos imperecederos y absolutos, metáforas plásticas que por sí solas definen los paralelos y meridianos de una población que se resiste a morir. Y es que si alguna virtud tiene el arte es la de eternizar instantes fugaces del tiempo, haciéndolos vigentes hasta que el tiempo mismo decide cuando una obra ha de convertirse en polvo. En este ir y venir de interpretaciones sobre esta obra, ¿cómo no conmoverse ante la curiosidad de la zorra que otea al espectador tras el tronco protector, ante la piedra que parece cobrar vida en los humanoides carmesí de sus pinturas rupestres, ante la vivacidad de los personajes que danzan, que trabajan, que esperan y sucumben al diario vivir, ante la maestría, en suma, con que el artista consigue que un trazo ágil y preciso determine los contornos de la vida que se abre paso bajo la sangre del atardecer celeste o el manto añil del mediodía? Hacer que un toro muja, un ave vuele, las volutas del humo ondulen, el caballo relinche o la piedra se humedezca en los contornos de un río puede ser obra de cualquier pintor; conseguir que un toro evoque en un bramido la eternidad de la tarde, un zopilote se vuelva reloj de Dios para lo activo e inamovible sobre la tierra, las brasas de una fogata crepiten ante nuestros ojos, un caballo nos arrolle en el ímpetu de su vigor mal domado, o un afluente refleje como un espejo toda la verdad, la mentira, la integridad o la infamia de la Historia de un pueblo, sólo lo puede hacer un artista.
Intenso poeta visual, Miguel Valverde ha logrado en este punto de su carrera lo que muy pocos artistas consiguen en sus inicios.

Armando Valles Piñón

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